venres, 2 de maio de 2014

Primeros días. Descubriendo Lima

Y, como voy con dos meses y pico de retraso, aprovecho este, realmente, primer texto, para resumir cómo está la cosa por Cusco a día de hoy; nada de lo planeado ha salido como era debido, así que me he buscado otras cosas que hacer. Planes B, siempre. Pero resulta que acaban siendo los mejores, a veces. Porque como los planes A no los conozco, y hay que ser positivos, pues a tope con los planes B.

Resulta que el voluntariado en la Defensoría era demasiado pedir para la burocracia peruana. Más de cuatro meses de papeleo desde Europa y una semana intentándolo en Lima, no dieron resultado. Todo aquel que se queja de la burocracia en Europa es definitivamente porque no ha venido a hacer un mínimo trámite a Perú. La cosa se pone tan ridícula, como que tienes que pagar para hacer un papeleo que te permita a continuación firmar un contrato de trabajo, por ejemplo. Es decir, tienes que pagar para que tu firma sea legal. Y ese permiso tiene un límite de quince días. El amable burócrata que me atendió en el Ministerio de Inmigración me quería colar que eran treinta, pero allí estaba el típico malhumorado haciendo la típica cola que hay que hacer en este país para cualquier cosa, para advertirme (en la propia cara del burócrata) que eso era mentira, que a él le dijeron que eran treinta días, pero eran quince, y en ese momento estaba volviendo a pagar la tasa correspondiente para poder firmar el contrato laboral que le habían dado con retraso.




Gran parte del problema con la burocracia, creo, es la necesidad de cada burócrata de justificar su puesto en el engranaje administrativo. Y lo peor de todo es que se cubren las espaldas. Intento resumir mi día en el Ministerio de la Mujer en Lima (no hace falta que vayáis nunca a esta ciudad, el centralismo Peruano os va a hacer pasar por su aeropuerto sí o sí, coged un avión cuanto antes y dirigíos a cualquier otro punto del país, o del continente) donde tenía que registrarme como voluntario. El protocolo fue como sigue; entro, me piden que me identifique y que vengo a hacer, digo a quien vengo a ver, la llaman, está reunida, pero me recibirá otra persona. Dejo mi DNI, me dan un papel. Subo al piso quinto, allí me espera una agente de seguridad, que me retiene el papel que me han dado, y le pone un sello. Me lo devolverá al salir, me dice. Me reúno con la chica, muy simpática, sólo me falta un papel, cuando lo tenga, que vuelva. Salgo, la segurata me devuelve el papel, que entrego en la recepción y después de hacer que comprueban algo, me devuelven mi DNI.





Por terminar de contar la aventura, os cuento que solicito ese papel, que increíblemente llega en cuestión de un par de horas a mi correo, lo imprimo, vuelvo al Ministerio, mismo protocolo con el DNI y el papelito. Me atiende otra persona, la primera que debía ver se había desreunido ya, pero ahora se encontraba almorzando. Le explico todo al chico nuevo. Me falta otro papel. Básicamente, este sólo servía para entregarlo en la ventanilla del registro, porque para lo que era el proceso de registro, lo tenía todo. Le explico que la persona a la que va a llegar ese papel está al tanto de mi caso, que hay cierta urgencia y que ella recibirá directamente mi solicitud. Eso, me dice, entra dentro de la informalidad, y el no lo puede hacer. Yo, desconocedor del protocolo, no sabía si ese era el momento de ofrecerle 50 euros para que cambiase de opinión. Ni lo iba a hacer. Pero bueno, el tema es que después solicité ese otro papel, y dos meses y diez días después, sigo esperando por él.
Dado el desinterés de la institución en cuestión por mi fuerza de trabajo gratuita, la decisión estaba clara. El tema del diplomado, que también acabo de decidir dejarlo hace unos días, es diferente; el nivel era demasiado bajo y no estaba aprendiendo nada. Y como las ganas de volver a empezar un proceso de seis meses para aprender algo que ya sé son pocas, y de la meritocracia y titulitis estoy también de vuelta y media, pues lo he dejado.


Y como novedad novedosa, pues he dado con una ONG gracias al empeño que tiene mi buen amigo Jose en que no me vaya de este país, donde, por fin, parece ser que van a aceptar mi mano de obra gratuita y, además no voy a tener que pagar por ello (sí, lo del voluntariado se está convirtiendo en una cosa muy bizarra…). Pero bueno, sarcasmos aparte, la ONG tiene una línea de trabajo muy comprometida con las comunidades que se ven afectadas, sobre todo, por temas de conflictos socio ambientales (minería y demás negocios extractivos) y quieren hacer trabajo etnográfico en estas comunidades. Me han contado que trabajar con ellos puede traerme problemas con las autoridades y el gobierno peruano. Parece que ya ha pasado con alguna voluntaria. Si me lo han dicho a modo de advertencia, ha tenido el efecto contrario. Si tienen problemas con las autoridades y las empresas mineras es señal de que están haciendo un trabajo que merece la pena. Tendréis más noticias sobre este nuevo proyecto. A ver qué sale.




Bueno, os he ido dejando unas fotos que hice esa primera semana en Lima, apodada “La Horrible” y no sin motivos. Porque además es peligrosa. Esa semana tuve la suerte de encontrarme con el Napias y su compa de viaje, reencuentro que hizo mucho más llevadera mi estancia en este lugar, y gracias al cual nos fuimos a un prometedor “Carnaval Negro” al sur de Lima, en la provincia de Ica, que resultó en un decepcionante concurso de belleza adolescente y una orquesta pachanguera horrible. Pero la compañía mereció la pena. Y la aventura de los que nos recogieron haciendo dedo para llegar a Lima y nos quisieron cobrar, dejándonos en medio de la Panamericana, afortunadamente bastante cerca ya de Lima, por lo que nos acercamos al siguiente “paradero” (es la palabra nacional para las paradas de bus, combi, o cualquier modalidad de transporte público. A su vez, las estaciones de buses, son “terminales terrestres”, término que suena como a ciencia ficción, y bueno, en realidad son lugares muy cercanos a ese género) y ya en ese paradero, cogimos (agarramos, coger aquí es otra cosa) un bus y llegamos a nuestro destino.


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